Suicidios.
Muchos piensan que quitarse la vida es un acto cobarde y evasivo, una demostración de que no somos capaces de afrontar la vida y los problemas que esta se encarga de endosarnos, la consecuencia natural de un temperamento débil y tibio, una fuga de la realidad que nos lleva a la desesperada y definitiva búsqueda de la felicidad. Felicidad que solo se entiende fuera de este mundo a riesgo de ganarse el infierno. Es desde esta visión que el suicida es un personaje digno de lástima. Un egoísta que al detener la vida por sus propias manos, no solo se aniquila a si mismo sino que con su muerte daña a aquellos que lo rodearon y lo amaron. En resumen se suicida y se vuelve un asesino parcial de otras vidas. Existencias que no volverán a ser las mismas, pues cargan con la culpa de haberle fallado a la víctima, en sus afectos, en sus impulsos, en sus sueños, en la comprensión de sus problemas y su atormentado transcurrir.
Pero hasta donde los que nos quedamos en la tierra muriendo un poco con el muerto no nos ponemos a pensar en nuestros cotidianos actos suicidas. ¿ No morimos un poco cuando arrastramos por años rencores contra un amigo de infancia o nuestros propios padres ?. Cuando con el filo de las palabras abrimos heridas en nuestras parejas o maltratamos injustificadamente a nuestros hijos, al niño de la calle, al empleado del supermercado. ¿ No nos volvemos suicidas a plazos cuando prendemos un cigarrillo, nos excedemos de alcohol o llenamos nuestras arterias de grasa a punta de hamburguesas? . ¿ No nos estamos disparando a la sien o ahorcándonos con la soga cuando insultamos, mentimos, o nos estresamos por más do ocho horas diarias en nuestros trabajo ?. ¿ Por qué nos creemos más valientes que el suicida drástico ?, ¿ Qué nos hace más virtuosos, más dignos de elogio, más modélicos ?.
La única verdad es que el primero, el suicida extremo, lleva el juego con clara conciencia. Lo procesa internamente y calcula su autoasesinato con premeditación y frialdad. Tiene su plan muy claro, hasta que lo lleva a cabo y termina con el sufrimiento. Por nuestro lado, los suicidas a plazos, preferimos hacernos de la vista gorda, nos escudamos en justificaciones absurdas, encontramos ridículas razones para volver lícitos nuestros vicios, nuestros desarreglos, nuestros excesos. Les hacemos creer al resto y nos hacemos creer a nosotros mismos que con el tiempo cambiaremos, que dejaremos de lado nuestros lastres y seremos mejores. Pero difícilmente cambiamos. Entonces, nos convertimos en cobardes al igual que el suicida definitivo, con la diferencia que es una cobardía socialmente aceptada.
Pero hasta donde los que nos quedamos en la tierra muriendo un poco con el muerto no nos ponemos a pensar en nuestros cotidianos actos suicidas. ¿ No morimos un poco cuando arrastramos por años rencores contra un amigo de infancia o nuestros propios padres ?. Cuando con el filo de las palabras abrimos heridas en nuestras parejas o maltratamos injustificadamente a nuestros hijos, al niño de la calle, al empleado del supermercado. ¿ No nos volvemos suicidas a plazos cuando prendemos un cigarrillo, nos excedemos de alcohol o llenamos nuestras arterias de grasa a punta de hamburguesas? . ¿ No nos estamos disparando a la sien o ahorcándonos con la soga cuando insultamos, mentimos, o nos estresamos por más do ocho horas diarias en nuestros trabajo ?. ¿ Por qué nos creemos más valientes que el suicida drástico ?, ¿ Qué nos hace más virtuosos, más dignos de elogio, más modélicos ?.
La única verdad es que el primero, el suicida extremo, lleva el juego con clara conciencia. Lo procesa internamente y calcula su autoasesinato con premeditación y frialdad. Tiene su plan muy claro, hasta que lo lleva a cabo y termina con el sufrimiento. Por nuestro lado, los suicidas a plazos, preferimos hacernos de la vista gorda, nos escudamos en justificaciones absurdas, encontramos ridículas razones para volver lícitos nuestros vicios, nuestros desarreglos, nuestros excesos. Les hacemos creer al resto y nos hacemos creer a nosotros mismos que con el tiempo cambiaremos, que dejaremos de lado nuestros lastres y seremos mejores. Pero difícilmente cambiamos. Entonces, nos convertimos en cobardes al igual que el suicida definitivo, con la diferencia que es una cobardía socialmente aceptada.
